la pitera

::: Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos...
Camino diez pasos y el horizonte se mueve
diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.
¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar :::

Eduardo Galeano

11 may. 2009

NOVELERA




NOVELERA ya anda !! poco a poco, tranquilamente ... hay un goteo de personitas que llegan a curiosear y novelear ... La pitera esta bien coloreada, es una gozada verla llena de objetos con alma, se van abriendo espirales y ... ¿ quien sabe ?

23 abr. 2009

novelera


Como pasa el tiempo, tortugueando o no !! La pitera resiste, a trankas y barrankas ... Y en tiempos de aprender a andar en la cuerda floja no sabemos si cerraremos el circulo o abriremos espirales .... pero aqui esta NOVELERA feria de objetos con alma ::: ropa, complementos, juguetes, fotos, ilustraciones, libros, fanzines ... hechos a mano o casi ... Del 7 al 17 de mayo del 2009 en La pitera

VENGA A NOVELEAR !!


*novelero, ra
.
(De novela, ficción, y -ero).
1. adj. Amig@ de novedades, ficciones y cuentos. U. t. c. s.
2. adj. Deseos@ de novedades, o que las esparce. U. t. c. s.

18 feb. 2008

conectar con la tortuga interna



Estos dos articulos son del 2006, pero como si los hubieran escrito hace un rato ...
Tienes tiempo para leerlo ??

EL TRIUNFO DE LA LENTITUD
Un movimiento que triunfa en el mundo encabezado por aquellos que aspiran a recuperar la calma para saborear la vida. ‘Contra el agobio, pereza’ es el lema que arrastra a gentes, ciudades y profesionales que abogan por la conquista del tiempo.
Todas las personas que hoy se confiesan defensores de la lentitud o incluso de la pereza, con posturas que oscilan entre la comprometida militancia y la sabia intuición, pueden identificar el punto de inflexión en que la propia aceleración de su ritmo de vida les hizo echar el freno y decir: “¡Hasta aquí hemos llegado!”.

Esta generación lleva a sus espaldas 150 años de velocidad frenética, que se iniciaron con la revolución industrial y han desembocado, por el momento, en el mundo acelerado que hoy disfrutamos, con Internet a la cabeza y aviones y coches supersónicos; pero también con engendros como el azucarillo de disolución ultrarrápida, para ejecutivos que no tienen tiempo de remover su café de la mañana, o la misa drive-through, una especie de funeral exprés al uso en Estados Unidos que consiste en colocar el ataúd a la entrada de la iglesia para que la gente pase en sus coches y desde allí tire una flor, se despida del difunto y salga pitando.

A día de hoy se esperaba que las máquinas hubiesen hecho mucho más por los hombres. “¿Os acordáis de cuando nos decían que los aparatos iban a trabajar por nosotros y que a finales del siglo XX la jornada laboral no pasaría de las 20 o las 25 horas semanales?”, pregunta a la audiencia John de Graaf, miembro de Take Back Your Time, una asociación estadounidense que convoca cada 24 de octubre el día de los relojes caídos. El auditorio de la conferencia asiente. “Pues aquí estamos, trabajando 200 horas más al año que en 1970”. Y es cierto. ¿Qué ha pasado con el tiempo que debía sobrar después de comprimirlo todo hasta la mínima fracción posible? En teoría debían quedarnos muchos minutos para nuestras cosas. Pero no ha sido así, el mundo de la velocidad ha disparado como nunca el consumo de ansiolíticos; la gente no sólo no dispone de más tiempo, sino que tiene la sensación de que no llega a nada y, sobre todo, de que no puede disfrutar de lo que ya ha conseguido porque continúa sin tener tiempo. Y time sigue siendo money.

Pero el personal empieza a rebelarse. El dato de las ventas del libro Elogio de la lentitud no es casual. Un éxito similar ha tenido en España otro ejemplar de nombre muy parecido, pero mucho más transgresor: Elogio de la pereza (Planeta, 2005). Su autor, Tom Hodgkinson, fundador de la revista The Idler (literalmente, El Vago), considera su obra “el manifiesto definitivo contra la enfermedad del trabajo”. A lo largo de sus casi 300 páginas da fórmulas para sacarle el cuerpo al trabajo, defiende el escaqueo como un arte que requiere la cooperación de los compañeros y suscribe la decisión del grupo anarquista Decadent Action de instaurar el lunes como “el día de llamar al trabajo y decir ‘estoy enfermo”. En Austria triunfa la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo, que busca la piedra filosofal, el eigenzeit (el propio tiempo); en Japón, el Sloth Club con su eslogan Lo lento es bello; en Estados Unidos, Take Back Your Time aspira a convertirse en una plataforma social de activistas del tiempo. Asiáticos y anglosajones miran de reojo y con envidia la vida mediterránea: la España de la siesta, la Italia de la dolce vita. Puros mitos para turistas. Italia, harta de la tiranía de la velocidad, lidera el movimiento Slow Food en el mundo. En Grecia, según los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), se trabaja aún más que en Estados Unidos. Y en España somos los últimos en echar el cierre en las oficinas, al filo de las nueve de la noche. Trabajamos unas 1.807 horas al año. Aun así, de momento conservamos como oro en paño los quince minutos del aperitivo y la hora y media o dos de las comidas. Un hábito que, según se mire, puede ser un arma de doble filo en la conquista del tiempo.

Palafrugell es un pueblo de la Costa Brava donde recala los fines de semana la gente que sale huyendo del tumulto urbanita de Barcelona. Allí se vive un poco más despacio, aunque sigue habiendo mucho coche, a criterio de algunos vecinos. Es una de las cuatro ciudades españolas que aspiran a la marca Cittá Slow; las otras son Pals y Begur, también en la Costa Brava, y Mungia, en Vizcaya. Cittá Slow es una red de ciudades que apuesta por desacelerar, reducir al mínimo la presencia de coches, recuperar la calle para el ciudadano y hacer la vida más fácil. Bra, una pequeña ciudad italiana, es el búnker de la corriente, pero ya hay más de 60 cittá slow en el mundo, y otras tantas están pujando por entrar.
Cittá Slow es una de las secuelas de la rabieta que tuvo el cocinero Carlos Petrini cuando comprobó que los tentáculos del gigante McDonald’s llegaban al corazón de Roma, a la mismísima plaza de España. Al restaurador no le bastó con desbarrar contra la comida basura: organizó a su gente y fundó el movimiento Slow Food. Como colofón escogió a un caracol, símbolo por excelencia de la lentitud, como insignia de su rebeldía. Slow Food cuenta con más de 100.000 seguidores en 50 países, España entre ellos. Sus miembros se reúnen para disfrutar de lentas y largas cenas elaboradas según las recetas tradicionales, sin saltarse un paso de los rituales culinarios y, si es posible, regadas con un buen vino y una charla tranquila, sin prisas. “Nos gusta comer bien, la comida bien guisada”, admite Pascual Moreno, ingeniero agrónomo de una convivium en Valencia. No niega el ramalazo hedonista del movimiento y lo justifica de manera muy convincente: “La gente ha perdido el sentido del gusto, lo veo cuando organizo catas de queso en la universidad. Le das a un chico joven un queso buenísimo y resulta que le gusta más el de plástico”. Pero Slow Food tiene otra cara, si se quiere más madura, de protección de las especies y de la biodiversidad. Han creado el sello Baluarte para salvar tesoros que están a punto de desaparecer. Pascual descubrió en un mercado de pueblo un bote de tomate conservado en aceite con hierbas aromáticas: lo fabricaban dos hermanos que sumaban 150 años entre los dos.

Contrario a lo que mucha gente cree, los adeptos a esta corriente no son fundamentalistas ni antimicroondas. La mayoría tiene un trabajo, cumple un horario laboral y no puede darse el lujo de bajarse del carro, pero sí de parar de vez en cuando. “No somos tan ilusos para creer que se puede cocinar como en el siglo pasado; se puede comer lentamente y muy mal, y deprisa y muy bien”, tercia Juan Bureo, presidente de Slow Food en España. Pascual Moreno cree que estas corrientes son y serán minoritarias. “No sólo porque una cena pueda ser más o menos cara, sino porque todo esto entra en contradicción con la filosofía del sándwich, con la comida precocinada que te comes mirando la tele sin saber qué comes ni con quién”. Un acto que para los seguidores del Slow Food está más cerca de repostar que de comer.

Fuera del núcleo duro de los militantes antiprisas, de forma intuitiva alguna gente se busca la vida y se sale de la dictadura del reloj como puede. Los más radicales han vendido su piso y se han marchado al campo, unos a 15 kilómetros de la ciudad y otros a 50. Los hay que cultivan la huerta y los hay que se conforman con comprar en el mercado del pueblo y hacer una barbacoa en el porche. Hace siete años, Paco Ibáñez puso en marcha un sueño adolescente. Vendió su piso en Murcia y se compró una casa abandonada en el campo. Entre los placeres que le proporciona la vuelta al campo menciona “pisar el verde”, “encender la chimenea”, “ver la luna” y “cocer de vez en cuando una hogaza de pan en un horno de leña”. Aunque mantiene su trabajo en la ciudad y no come sólo de lo que da el campo, cultiva una pequeña huerta con tomates, acelgas y habichuelas.

Hasta en las más enloquecidas ciudades, la gente busca un respiro. En el centro de Tokio, con su ritmo trepidante y sus extensísimas jornadas laborales, se ha abierto el salón del buen sueño. Nada nuevo para nosotros. Los japoneses acaban de descubrir la siesta, y están dispuestos a pagar unos seis euros por echar una cabezadita de 20 o 30 minutos. En España, la cadena Masajes a Mil ofrece un servicio similar, con manta y masaje incluido, por cuatro euros. Ahora, en Estados Unidos llaman a nuestra siesta de toda la vida power nap, y viene avalada por los estudios del doctor James B. Maas, psicólogo de la Universidad de Cornell, que demostró que una siesta de 20 minutos aumentaba la productividad y reducía los errores y los accidentes en el trabajo. Desde entonces, empresas como Levi Strauss, Ben & Jerry o Mac World Magazine han estrenado sus nap lounges, unos salones en penumbra con sillones acondicionados para remolonear un poco después de la comida. Pero en España, donde hasta un alcalde en Plasencia (Cáceres) dictó un bando que obligaba a guardar silencio de tres a cinco, la siesta queda para los domingos. Sólo el 24% de los españoles sigue esa sana costumbre.

Es duro ser militante de la pereza 24 horas al día. Y no es eso lo que pretenden las corrientes antiprisas. “Yo no soy un fundamentalista de la lentitud, creo simplemente que necesitamos recuperar el arte del cambio de marchas. A veces la velocidad es necesaria y a veces la lentitud es la mejor política. Mi lucha no es contra la velocidad en sí misma, sino contra la adicción a la velocidad”, explica Carl Honoré, autor de Elogio de la lentitud, convencido de que somos muchos los que necesitamos “volver a conectar con nuestra tortuga interna”.

Los teóricos de la lentitud apuestan por impulsar un cambio de prioridades y conseguir que los bienes materiales sean menos importantes que contar con tiempo suficiente para disfrutar de la vida. “Mucha gente asume que bajar el ritmo quiere decir trabajar menos horas, ganar menos dinero y consumir menos. Ése puede ser el caso de algunos, pero no el de todo el mundo. Se puede ser más eficiente haciendo las cosas más despacio”, tercia Carl Honoré, y recuerda que los trabajadores con una mayor productividad por hora son los franceses, que han estado varios años con la semana de 35 horas. Del mismo argumento tira Ignacio Buquera, creador de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles: “España está a la cola de la productividad en Europa y somos los últimos que nos vamos de la oficina”. En su libro Tiempo al tiempo (Planeta, 2006) defiende la flexibilidad de horarios de entrada y salida y la puesta en práctica de la política de luces apagadas en las empresas. “La cultura de calentar la silla es un tema decimonónico; en el siglo XXI debe primar la eficiencia sobre la presencia”. Se trata de que en torno a las cinco de la tarde todo el mundo se vaya a su casa. “Muchos empresarios creen que vamos a por una reducción de la jornada laboral, pero hablamos de cumplir lo que ya está escrito en los convenios colectivos y que las horas que se pasen en las empresas sean productivas”.

Carl Honoré se concede una vez al día una pausa tecnológica, libre de móviles y ordenadores. “No se puede estar conectado todo el tiempo”. Curiosamente, la idea la copió de un gerente de la tecnológica IBM que lanzó un movimiento por el slow e-mail. Se trata de reducir las veces al día que revisamos nuestro buzón para ser, asegura, “más felices y más creativos”.

Carl ha conseguido superar el momento crítico del día: la hora de leer el cuento a su hijo. Ha dejado de usar reloj, pero, incluso antes de comenzar, tapa el despertador del cuarto del niño. “No quiero saber qué hora es”. Hace un año, mientras Carl preparaba sus maletas para un viaje, Benjamin le regaló una postal. “¿Para la buena suerte?”, preguntó Carl. “No, es por ser el que mejor cuenta los cuentos del mundo”.

KARELIA VÁZQUEZ en " El pais "


BIGASTRO Y SU PARAISO

Bigastro es una pequeña localidad alicantina en la Vega Baja del Segura que, como todas sus vecinas, se encuentra asaltada por la máxima especulación. No cualquier especulación, sino una patología que ha multiplicado los habitantes de poblaciones vecinas por un 3.000 por 100 o más en un periodo de diez años.

Prácticamente ningún municipio en ese entorno dulce que llega hasta el mar ha quedado libre de los fabulosos campos de golf y su apretado cinturón de adosados que van trenzándose como una delirante expansión celular hasta cubrir zonas donde ya no existe nada de nada: ni mar, ni sierra, ni vegetación, ni monte que otear. Sencillamente crecen y se reproducen ofreciendo, a extranjeros especialmente, un modo de vida fuera del tiempo y el mundo. Los supermercados, las farmacias o los gimnasios se dirigen a esta población de jubilados británicos o alemanes que hallaron acaso en este clima alicantino, en sus comidas y en sus gentes el sitio ideal para desmaterializarse sin fin.

El fenómeno ha resultado ser tan importante que en muy poco tiempo ha logrado componer una tipología urbana impensada e insólita en el mapa de España. Bigastro y su huerta, el pueblo y su alcalde, Jorge Hernández, se alistaron el 19 de octubre pasado a la red de resistencia contra esta formación salvaje y desangelada que no sólo consternan el paisaje tradicional, sino que proyectan deterioros de todo orden –ecológicos y económicos– sobre todo el entorno.

Localidades españolas como Pals, Begur, Palafrugell, Munguía, Lekeitio, Rubielos de Mora, Bigastro y Pozo Alcón forman parte de esta red denominada de città-slow nacida en Italia hace unos diez años y en contra de la ciudad destructora, neurótica y especulativa.

La città-slow o ciudad lenta preconiza la vida vecinal, la degustación del tiempo y las funciones, la relación sosegada con los otros, la oposición al estrés y los apremios del progreso. Su grupo de coalición natural es el movimiento de la slowfood o comida lenta que defiende el valor cultural de los alimentos y el humanismo de la cocina natural.

Se calcula que habría en España 3.000 clases de tomates hace unos años, pero ahora sólo se consumen 12 especialidades; se registraron hasta 200 clases de perejiles en el pasado, y en la actualidad sólo se habla de un perejil. Enseñar a los niños a distinguir la buena lechuga de la guarnición en la hamburguesa, apreciar la carne sin hormonas, el pescado sin conservantes, el pollo sin proteínas o el auténtico aroma del azafrán forman parte del programa para crear prosélitos.

Una y otra organización celebran encuentros periódicos para fortalecerse o multiplicarse, y en sus estatutos se recalca el factor humano como sentido final de esta microutopía comunitaria. Aunque sus miembros, de profesiones muy dispares, son mucho menos angélicos de lo que pudiera creerse. En Bigastro, por ejemplo, la recuperación de la huerta abandonada por sus tradicionales agricultores se realiza mediante un canje de campo por edificabilidad. Los constructores son autorizados a levantar un ático más, fuera de los planes, a cambio de entregar una hectárea agrícola que formará parte de los llamados “huertos de ocio”, parcelas donde se ocupan gentes ahora mayores con sus nietos y quien pase por allí.

En el encuentro de Bigastro prestaron su adhesión unos 20 alcaldes de media docena de provincias españolas y algunos incluso acudieron a la sesión. En conjunto se trata de una menudencia si se compara con la necesidad de nutrición política para avanzar, pero ¿qué duda cabe que la tendencia social operará en su favor? ¿Quién no asentirá crecientemente a esta iniciativa que devuelve sentido a la lucha colectiva y personal?

Los manifiestos, los estatutos, el calendario de eventos, las maneras de anexionarse se encuentran en la red con sólo invocar las palabras mágicas del città-slow o slowfood. Todo el mundo entiende enseguida de qué se trata y quiénes pueden ser los enemigos. Las fuerzas enemigas que nos enferman y nos matan con la velocidad, el estrés, la comida basura, la aglomeración en viviendas sin arquitectura y sobre espacios informes, arrasados, sin identidad.

VICENTE VERDU en "El pais"

25 ene. 2008

que hago ??



Ya hace tiempo que los grupos ecologistas, las personitas verdes ... y hasta las instituciones (solo de vez en cuando) nos recordaban una y otra vez que hacer para sostener el planeta, pero no era facil integrarlo en nuestra vida cotidiana, no parecia tan urgente y se nos olvidaba ...

Ahora en vista del panorama, de pronto todo es verde ... y entre tanta oferta se agradece encontrar sitios donde los consejos básicos, sencillos y sobre todo efectivos y gratuitos responden realmente al ... que hago ???

http://www.nacion.com/multimedia/2008/enero/consejos/
(copia y pega en tu navegador
o clickea directamente a tu izquierda, en 50 consejos ... )

8 ene. 2008

2008


Han sido las primeras navidades con más conciencia colectiva de insostenibilidad (crisis economica, cambio climatico, conflictos interminables ...) y las nosecuantas navidades con una publicidad avasalladora y el mundo al revés.

Pero mira !! a pesar del vertigo y la presion ha sido un alivio y una gozada ver pasar por La Pitera a un@s cuant@s fueguit@s ( ver segunda entrada del blog) buscando con tranquilidad, cuidado y cariño algun detalle para si mism@s o su gente o simplemente con ganas de saludar,curiosear y charrar un rato.

Podian haber sido más ( en vez de amontonarse en los centros comerciales) o menos ( si de pronto tod@s hubieran decidido no consumir absolutamente nada) pero para los tiempos que corren, esto es lo que hay y esta bien.

Muchisimas Gracias a Tod@s, no solo por elegir el consumo responsable como alternativa, sino tambien por tener esa sensibilidad y sabiduria especial para apreciar alimentos y objetos con alma y expandirlos generosamente.
Y sobre todo por nutrir y dejar un poco de cada un@ en La Pitera.

GRAZIE MILE A TOD@S !!

9 nov. 2007

comercio responsable


El mercado no es neutral, es un instrumento económico que puede servir para construir o destruir. Aunque es un medio generador de grandes diferencias puede llegar a ser también un medio para el reparto de la riqueza. Lo mismo que la ciencia puede ser dirigida para la paz o para la guerra. Dependerá de la voluntad humana, pero esa voluntad es, hoy, la de quienes controlan el mundo, o lo que es lo mismo quienes controlan los mercados.

Aunque el mercado ya existió desde la antigüedad griega y romana (e incluso antes), la forma desaforada del mercado que hoy conocemos surge con ímpetu en el siglo xvi, no como cofradías de mercaderes, sino como sociedades anónimas de socios privados, asociado a la piratería y en contra de ella (cuando no les beneficia y como competencia). La guerra, el saqueo y el pillaje van muy vinculados al nacimiento de los nuevos mercaderes y comerciantes, que se civilizan adoptando formas jurídicas compatibles con la aristocracia. La burguesía es siempre compradora y vendedora y el gran salto lo da cuando se abre un nuevo mercado, más eficaz que el mercado de esclavos: el mercado de trabajo que da surgimiento a las primeras ciudades industriales en Europa.

El modelo de mercado actual empobrece a productores y consumidores a favor de la acumulación y crecimiento de quienes detentan el Mercado Lucrativo, pero empobrece mucho más al productor cuando este es del Sur.

Existen tres actores o sujetos que rigen la economía global: productores, distribuidores o intermediarios y consumidores. Los productores que más valor aportan al ciclo son los más explotados, son los 2.000 millones de trabajadores-productores del Tercer Mundo, cuyo salario ronda entre uno y tres dólares al día. El consumo se da en el Primer Mundo, también llamada metrópoli donde se concentra el 80% del mismo en poder del 20% de la población mundial.

Por último, el «comercio» controlado también por los países más ricos en un 81,2%. Las multinacionales marcan el comportamiento en el mercado pues detentan el 70% del mercado global.

Es este modelo el pequeño productor (P) de la periferia es el que transfiere el valor y la riqueza al sistema controlado por el mercado lucrativo (Ml) que compra siempre por debajo de su valor (y vende, tecnología y dinero, por encima de su valor).

El valor VP1 es el valor (añadido por el trabajo), que pierde el Productor (trabajador) en el mercado por efecto de la manipulación de los precios (ya sabemos quién controla el precio del dinero, donde en los países ricos es de un 2 a 5% y en los países pobres del 35 y 40%).

El valor VC representa al valor que entrega el consumidor al mercado, como saldo resultante entre el movimiento tendencial de los salarios (a la baja con relación a la productividad) y el otro movimiento tendencial de los precios al consumidor que suben como consecuencia de la inflación o por pérdida de la calidad del producto, así como la variable Medio Ambiente.

Por último, el valor VP2 que representa el valor que se transfiere al consumidor de la metrópoli como consecuencia de la presión a la baja de los salarios en el Sur, con relación al Norte (por ejemplo el salario de un profesor, o de un trabajador medio es de unas 30.000 ptas. en países como Nicaragua) a lo que hay que añadir la falta de un salario social (asistencia pública) en estos países de la periferia, mientras en el Norte todavía gozamos de una cierta protección social del Estado.

El resultado de este modelo es la injusticia estructural, injusticia que se da en la misma relación de mercado.

La solución para un reparto justo de la riqueza no puede venir ya del Estado ni de la Cooperación al Desarrollo, aunque éstos aporten ayuda importante. La solución sólo puede estar en el modelo de mercado. Por eso nace el Comercio Justo.

Fuente: ESPANICA (Comercio Justo)

19 oct. 2007

fueguit@s ...



::: Un hombre del pueblo de Negúa, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta contó. Dijo que habia contemplado desde arriba la vida humana.
Y dijo que somos un mar de fueguitos.
- El mundo es eso -reveló- Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos
y fuegos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento
y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman;
pero otros arden la vida con tantas ganas
que no puedes mirarlos sin parpadear
y quien se acerca se enciende :::

En " El libro de los abrazos" de Eduardo Galeano


::::: Para tod@s es@s fueguit@s que pasan por La pitera ...